El abrazo que le devolvió la vida

María José y Alexander tenían dos años viviendo juntos en Ciudad Guayana. Él, para hacerse con dinero extra al que le generaba su trabajo como abogado, comenzó a trasladar pasajeros hasta las zonas mineras del sur del estado Bolívar. Un día de mayo de 2018 ambos salieron de su casa y nunca más volvieron.

El abrazo que le devolvió la vida

Eduardo, quien tiene 12 de sus 33 años trabajando en las minas de oro del sur del estado Bolívar, es un testigo de lo que ocurre en las profundidades de la selva: masacres, enfermedades, tantos desaparecidos. Aunque a cada tanto regresa a su casa en Ciudad Bolívar, ileso de todo aquello, al cabo de un tiempo siempre vuelve a ellas.

Por Gladylis  Flores

Cuando la noche del 25 de agosto de 2018 Eduardo atravesó el umbral de la entrada de su casa, y vio a través de la ventana a su madre y a su hijo de 7 años, experimentó una sensación a la que no sabría qué nombre poner.

Algo parecido al alivio, quizá. 

Los abrazos de bienvenida de la madre y del muchacho —algo flaco, seguro porque está creciendo— fueron motivo de mucha alegría. Aquel contacto le devolvió la certeza de saberse vivo. Aunque traía atragantada la historia de lo que había vivido en la mina de El Silencio, hacía apenas unas horas, prefirió no contarles nada: no quería preocuparlos. Además, la fiebre y el malestar del cuerpo que tenía desde la mañana, no le daban tregua. Estaba agotado, así que después de los abrazos, tomó un jugo y se acostó a descansar.

A la mañana siguiente fue a un centro médico, y le confirmaron sus sospechas: tenía paludismo. Ya sabía que podía tratarse la enfermedad tomando pastillas de cloroquina, primaquina y quinina por 14 días. Contraer paludismo era un gaje de su oficio de minero y él lo sabía. Uno menos complicado y traumático que el que lo había llevado a huir el día anterior desde la mina en la que trabajaba hasta su casa, en la zona norte de Ciudad Bolívar, en la vía al Puente Angostura. El mismo evento que le había mantenido el alma en vilo, sin saber si esta vez saldría de allí con vida.

El 23 de agosto, Eduardo y sus compañeros vieron que se producía un movimiento extraño entre las personas que estaban en los alrededores de la mina El Silencio, donde se encontraban. Eran miembros de el sistema: corrían llevando sus fusiles en mano. Tenían las ropas llenas de barro. Sin interrumpir el trabajo, Eduardo y sus compañeros intercambiaron miradas sin decir palabras.

—Entre los mineros se sabe que cuando hay movimiento de gente como el de ese día las cosas no están bien; y si se trata de el sistema, menos aún.

Al decir el sistema —que es como se le conoce al grupo armado que controla las minas en esa zona del estado Bolívar—, Eduardo parece evocar toda la violencia y el poder que hay detrás de esa organización: un poder inmenso, incontenible. Lo dice como cualquier otro podría referirse a una gran corporación, a una empresa o una compañía.

Los 15 hombres que pasaban con armas largas, armamento de guerra AR-15 y pistolas de diferentes calibres, se dirigían a una mina vecina, a unos tres kilómetros, junto a una quebrada; un espacio donde habitan jivis, pueblo indígena con presencia en los estados Bolívar, Amazonas, Apure y parte de Colombia.

No había dudas: algo muy grave debía estar ocurriendo.

Muchos de los jivis que viven en Bolívar se dedican a la explotación de yacimientos de oro en el municipio Cedeño. Hasta ese momento, las relaciones entre ellos y el sistema no parecían ir mal. Incluso les habían cedido un espacio en El Silencio para que trabajaran. Por eso a los indígenas les molestó que los de el sistema estuvieran cobrando vacuna —un porcentaje de lo extraído— a los dueños de las máquinas que sacaban material en esas minas.

Eduardo tiene 33 años y 12 de ellos se ha dedicado a la minería. Durante ese tiempo ha presenciado tres enfrentamientos armados, de los que ha logrado salir ileso: se va de la mina y luego, cuando las aguas revueltas se han calmado, regresa. Vuelve por los sustanciosos ingresos que la extracción de oro le genera. Es lo que le permite mantener a la madre y al hijo que lo esperan en Ciudad Bolívar.

Cuando todo marcha bien, pasa en las minas unos tres meses, y reúne dinero suficiente que le permita cubrir los gastos de la casa de otros tres meses más. Y así sucesivamente. Años antes, Eduardo alternaba su oficio de minero con el empleo que tenía como mecánico automotriz en una fábrica de bloques. Pero las cuentas no le daban. Menos aun cuando la crisis venezolana devino en una hiperinflación que fulmina cualquier sueldo. Así que decidió dedicarse por completo a la minería.

Pronto sabrían en El Silencio las razones de los movimientos inusuales de hombres armados durante aquel día de agosto. Poco a poco, a retazos, les llegaban informaciones de lo que ocurría. Tres hombres de el sistema fueron a cobrar vacuna en una de las minas del territorio de los jivi, pero tardaban en regresar. Cuando sus compañeros fueron a buscarlos, se encontraron con las cabezas de los tres cadáveres, clavadas en estacas fijadas en el suelo. Según escuchó, los jivis los capturaron y los mataron y luego los decapitaron a machetazos.

Los de el sistema regresaron al campamento horrorizados con aquella escena y notificaron a los demás miembros del grupo.

En represalia, el sistema y miembros de la comunidad indígena sanema se unieron para tomar el control de la mina. Pero los atacantes fueron repelidos por los jivis con flechas. En el enfrentamiento murió el capitán de los jivis, Misael Ramírez, de 45 años, y su hijo Milson Rondón Reina, de 18.

Y esas muertes enardecieron aún más a los jivis.

Fue entonces cuando Eduardo comenzó a angustiarse. El campamento en el que se encontraba junto a unas 400 personas estaba en medio de aquel conflicto. Todos comenzaron a comprender la dimensión real de peligro al que estaban expuestos.

Tenían que irse. Pronto.

—Entonces el mundo se me puso chiquitico. Pensaba que los indios iban a llegar en cualquier momento a matarnos con flechas a todos.

Siempre ha preferido trabajar en minas controladas por los indígenas porque son las más organizadas y tranquilas: en ellas no se consume licor y no hay bares ni prostíbulos; a diferencia de las manejadas por el sistema o por los grupos paramilitares.

Pero eso no ha evitado que en las profundidades de la selva haya sido testigo de cosas terribles. Ha sobrevivido a otras dos masacres. La primera de ellas fue la de Manasa, en la población de La Paragua, municipio Angostura, hace unos siete años; un episodio que cree fue el inicio del pranato en los yacimientos auríferos del estado Bolívar. De ese lugar pudo salir justo cuando comenzaba el enfrentamiento entre las bandas. La otra fue en la mina Morichal Largo, también en La Paragua, en condiciones similares. Y no han sido solo las masacres: También ha visto morir a muchos compañeros tapiados en derrumbes en las minas, y ha tenido que ayudar a mover tierra para rescatar sus cuerpos.

Pero aquel día en El Silencio, Eduardo sintió miedo por primera vez. Escuchó el resoplido de la muerte, muy de cerca, en su nuca. Sintió un aire tibio que le dio escalofríos. Pensó en su madre y en el hijo que estaban en Ciudad Bolívar, a 230 kilómetros. Pensó en que moriría y no volvería a verlos.

—Solo le pedía a Dios que, si me mataban, mi mamá encontrara mi cuerpo y pudiera hacer mi entierro.

Claro, conocía las incontables historias de desapariciones asociadas a la actividad minera, y la sola idea de imaginarse a su madre buscando su cadáver para darle sepultura, le mortificaba aún más que la posibilidad misma de ser asesinado.

Eduardo habla con seguridad y con una voz clara, como un hombre sereno, bien enfocado en lo que dice y en lo que hace. ¿Quién podría adivinar en la firmeza de su tono los miedos profundos que lo atormentan?

Los jivis llegaron y rodearon a los que se encontraban en el campamento. Llevaban máscaras con cuernos acaso una evocación del infierno que atemorizaban a todos. Dijeron que el que se pudiera ir se fuese, pero ninguno se atrevió a hacerlo. Unas 20 personas de el sistema habían escapado con la ayuda de los sanemas por unas trochas hacia el río Caura, a pocos kilómetros de allí. Aún quedaban otros 20 mezclados entre la población. Los jivis sabían quiénes eran. Cuando identificaban a alguno, le cortaban la cabeza con machete y la clavaban en estacas de madera; luego descuartizaban el cuerpo ya decapitado. Una verdadera carnicería.

Así lo cuenta Eduardo.

Así están esas imágenes, intactas, en su mente.

El 25 de agosto llegó a la zona el ejército venezolano junto a cuerpos policiales. Los habitantes apenas tuvieron 10 minutos para recoger sus pertenencias y abandonar el campamento. La ONG Kapé Kapé registró al menos 14 muertos en esta masacre, frente a la tímida cifra oficial de solo 6.

En el bolso que preparó Eduardo solo pudo meter unas pocas prendas de ropa y la billetera con sus documentos de identidad; y dejó otras cosas: su hamaca, la linterna, un teléfono celular. Y salió a las 10 de la mañana con un grupo de unas 20 personas, custodiados por los militares. Debían caminar por una trocha hasta la Troncal 19, principal vía que comunica con Maripa.

El trecho era de unos 3 kilómetros.

Fue entonces cuando Eduardo empezó a sentirse mal, con dolor de cabeza y fiebre. Tal vez el cuerpo le pasaba factura por los episodios de angustia que había padecido los últimos tres días. Pero no era el momento para desfallecer porque aún la amenaza era latente, bien podía sorprenderlos una emboscada en medio del trayecto: tenían que estar alertas.

En el camino vieron que había rastros de sangre y restos humanos dedos, por ejemplo desperdigados por el suelo. Pero Eduardo no les prestaba atención: caminaba rápido para salir de aquel infierno. Necesitaba comunicarse con su familia, hablar con ellos, decirles que estaba vivo, que el suyo no era un cadáver desaparecido en aquella selva.

Al menos no esta vez.

Les tomó tres horas llegar a la Troncal 19. Cuando ya estaban en la vía, consiguieron un camión que los llevó a Maripa, y de allí otro hasta Ciudad Bolívar.

Ya eran pasadas las 7 de la noche cuando entró a su casa y se fundió en aquel abrazo que lo hizo sentir vivo.

Un mes más tarde, Eduardo regresó a trabajar en otra mina, en La Paragua. Sin miedo —se dice—, porque el trabajo de minero es lo que le permite mantener a su familia. Lo repite una y otra vez y otra vez y otra vez.

En esa mina recibió el 2019, y desde allí se comunicaba con los suyos a través de cartas y de llamadas con teléfonos satelitales.

2019 ha sido difícil: a pesar del trabajo con la minería, este año ha tenido que volver varias veces a Ciudad Bolívar sin el dinero que necesita. Pero sigue insistiendo: un año después de aquel agosto de 2018, está en una mina a una hora de El Silencio y continúa trabajando en territorios controlados por los jivis.

—No tengo miedo de regresar —vuelve a decirse a sí mismo como un mantra protector— porque no estamos haciendo nada malo, vamos tranquilos. Al que hace lo malo, lo castigan o lo desaparecen.

Muchos indicios señalan que es para darse valor.

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Estas historias forman parte de la serie Fosas del silencio: Los desaparecidos en la búsqueda de El Dorado, un trabajo de CODEHCIU en alianza con La Vida de Nos.

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