Esther Jaramillo y su pareja, Andrés Rodríguez, eran comerciantes en las minas de oro de Tumeremo, un territorio del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, controlado por bandas criminales y grupos vinculados con la guerrilla colombiana. Desde junio de 2019, nadie sabe de ellos.

 

Laura Clisánchez / ilustraciones de Valentina Eurea

—¡No lo piquen más, no lo piquen más, por favor! —grita Esther Jaramillo, desesperada. Unos delincuentes le tapan la boca con las manos, y entonces ella se queda con las palabras atascadas, presas, viendo cómo a Andrés, su pareja, lo descuartizan vivo con un machete en una mina de oro en Tumeremo, un pueblo del estado Bolívar, en el sur de Venezuela.

Esa es la escena que se repite con frecuencia en la mente de María Jaramillo, hermana de Esther. María, aunque no la presenció, es capaz de recrear las imágenes a partir de lo que gente de Tumeremo le contó, por Facebook, meses después de la desaparición de su hermana y su cuñado en las minas de esa zona.

—De tu hermana no se sabe nada, de pronto esté presa, de pronto esté muerta —le dijo uno de ellos.

Al relatar esa escena que una y otra vez vuelve a su mente, María se estremece, su voz se entrecorta, como si experimentara en su propio cuerpo lo que cree que sufrieron su hermana y su cuñado. Entonces llora. Como si en el mundo solo existieran ella y su dolor.

Esther Jaramillo y Andrés Rodríguez desaparecieron en junio de 2019. Ambos se dedicaban a comprar mercancía —alimentos, cigarrillos, vacas y gasolina— en el pueblo de Tumeremo para revenderla, minas adentro, en un sector conocido como Los Candados. Al lugar lo llaman así por la hilera de portones con candados por la que mineros y comerciantes deben pasar para llegar hasta donde quedan unas cinco minas, entre ellas las llamadas El Termito y Bochinche.

La pareja desapareció en un momento en que la banda del “Run”, la banda del “Talao” y grupos armados relacionados con la guerrilla colombiana se enfrentaban con frecuencia por el control del territorio. El último de esos encontronazos fue en junio de 2019 y dejó cuatro muertos, al parecer miembros de la banda de “Talao”. Cuando Esther llamaba a su hermana María a Colombia, adonde se había ido a vivir, no dejaba de ponerla al tanto de los últimos acontecimientos de ese conflicto.

Aunque las autoridades niegan la presencia de la guerrilla en territorio minero, los lugareños no solo dicen verlos con su uniforme e identificar el acento colombiano, sino que también aseguran que tienen el control de la mayoría de las minas de oro del municipio Sifontes del estado Bolívar, del cual forma parte Tumeremo.

Al fragor de esos enfrentamientos, Esther entró a las minas en junio de 2019, decidida a cobrar los 150 gramos de oro —valorados en más de 9 mil dólares— que le debían. Iba sola: su plan, según le dijo a María, era entrar, salir y después reunirse con su hermana en Colombia. Con ese dinero, soñaba comprarles allá una casa a sus hijos y abrir un nuevo negocio.

 

María y Esther nacieron en Barranquilla, frente al caribe colombiano, y crecieron en una familia de cinco hermanos. Pocas veces en la vida estuvieron separadas. Eran muy unidas, quizá porque apenas se llevaban un año de diferencia. Cuando desapareció, Esther tenía 36 años y María 37. En 2002, huyendo del hambre y el desempleo, migraron, indocumentadas, a Venezuela, adonde confiaban que podían encontrar lo que su país no podía ofrecerles.

Se establecieron en una invasión llamada 4 de abril, en Maracaibo, la capital del estado Zulia, al otro lado de Colombia. Al comienzo, se dedicaron a la limpieza en casas de familia y, luego de mucho esfuerzo, montaron una venta de gorras y CDs, que luego tuvieron que cerrar porque los delincuentes del barrio usaban el puesto como guarida por las noches.

Por eso, María volvió a limpiar casas.

Y Esther, convertida en una madre soltera de tres hijos, se fue a las minas del estado Bolívar, en el sur del país, seducida por los cuentos que escuchaba: muchos decían que allá, sacando oro, se podía ganar bien. Muy bien.

Era 2008.

En el camino conoció a Andrés Rodríguez. Ambos se iniciaron como mineros de pico y pala y también de batea, a cielo abierto, hasta que consiguieron capital suficiente para dedicarse al comercio en el sector Los Candados. Y más adelante, comenzaron una relación de pareja.

 

Años más tarde, por la desesperación de no tener cómo alimentar a sus dos hijos, en medio de una feroz crisis económica que se agravó en Venezuela, María le siguió los pasos y arrastró con ella a Vicky, la menor de las hermanas. Se fueron hasta allá, como tantos otros venezolanos hacían, sabiendo que en las minas no solo se podían obtener jugosos ingresos, sino que también se corría mucho peligro. Transcurría 2016 y ese año, meses antes, se había producido la llamada “masacre de Tumeremo” que dejó a 28 mineros desaparecidos y marcó un hito en el conflicto que se vive en esa zona, donde bandas delictivas y cuerpos de seguridad del Estado se pelean por el control del territorio.

Allí estuvieron las hermanas, juntas, viviendo ese peligro, por cuatro años.

Y les había ido bien. Esther se había convertido en una comerciante reconocida en Tumeremo: tenía siete motos, un camión y una camioneta. En febrero de 2019, después de haber trabajado con su hermana en las minas todo ese tiempo, María regresó a Maracaibo. Lo hizo para recuperarse del paludismo, enfermedad de la que se había contagiado unas 24 veces. La última vez casi muere. Orinar sangre fue señal suficiente para decidirse a regresar a casa y curarse.  Y tras ella, poco tiempo después, Vicky también dejó las minas.

Pero Maracaibo, esa calurosa ciudad petrolera que en otro tiempo fue la estampa del progreso, estaba en ruinas: por las tuberías no llegaba agua corriente, los frecuentes cortes eléctricos duraban horas, el transporte público no funcionaba. Entonces María pensó que lo mejor era volver a Colombia, a su tierra. Se fue en abril de 2019, con sus hijos y sus sobrinos, los hijos de Esther. Como en las minas no hay señal telefónica, antes de partir, María llamó a una conocida del pueblo de Tumeremo y le pidió que cuando viera a Esther le contara que ella se había ido a Colombia, que estaba bien.

Unos días después Esther recibió el mensaje y llamó a María. Le dijo que acababa de llegar de la mina, que planeaba entrar nuevamente a cobrar los 150 gramos de oro que le debían.  Y que luego, saldría de allí para reunirse con la familia en Colombia.

A partir de aquí, todo comienza a ser confuso.

La última vez que María escuchó la voz de su hermana fue el 26 de mayo de 2019. Pero un mes después, llamó a su suegra, la madre de Andrés, y habló con ella.

En noviembre de 2019, a la familia de Andrés comenzaron a llegarle los rumores de una tragedia. María supo que algo andaba mal cuando vio en Facebook que sus conocidos publicaban fotos de Esther y su marido con un lazo negro. Entonces se desesperó.

Pedro, el hermano menor de Andrés, en medio de la angustia, quiso buscar los cuerpos y se fue a Tumeremo, pero al llegar, la gente del pueblo —amigos de la pareja la mayoría de ellos— le dijeron que no preguntara nada: que mejor se alejara.

Los antiguos compañeros de mina de María, le han dicho, por Facebook, que su hermana y su cuñado fueron acusados de ser infiltrados de otra banda.

Otros le dijeron a Pedro, cuando estuvo en Tumeremo, que Esther no pagó una deuda de unos bidones de gasolina y por eso la habían desaparecido.

Otros, que Esther se fue a las minas de Los Candados a buscar su oro, y grupos armados la retuvieron y mandaron a buscar a Andrés.

O que a Esther y a su hermano los mantuvieron trabajando como esclavos en una mina durante 15 días y que después de ese tiempo fueron ejecutados junto a otras 10 personas: que a Andrés lo descuartizaron vivo con un machete mientras Esther miraba y gritaba desesperada; y que luego a ella la decapitaron.

Son demasiadas versiones.

Pocas las certezas.

—Yo solo le pido a Dios que me dé una señal de dónde está mi hermana. Y si está muerta, que al menos me entreguen su cuerpo para darle cristiana sepultura. Es horrible que te digan que está muerta y no haya un cuerpo para uno convencerse. No se sabe si está viva, si está muerta, no se sabe nada. ¡Nada…! ¡Me entra una desesperación tremenda y quisiera salir corriendo…!

María pronuncia cada frase y hace una pausa, como si pensara muy bien cada una de sus palabras. Trata de hablar con claridad, pero en algún momento de la conversación el llanto aparece y entorpece su pronunciación.

En febrero de 2020, María puso la denuncia por la desaparición, en Barranquilla. Le relató al cuerpo de investigación de la oficina de migración todo lo que ella sabía, pero han pasado los meses y no le han dado respuesta. Lo más seguro, dice, es que no han activado el protocolo de búsqueda de Colombia y tampoco el de Venezuela.

Esa vez le dijeron que aquel era un proceso largo. Que las autoridades colombianas primero debían establecer contacto con las de Venezuela, para poder comenzar la búsqueda. María sintió que los funcionarios cuestionaron la denuncia a destiempo, y ella les respondió que había esperado tanto porque pensaba que su hermana estaba viva.

Muchas veces, estuvo tentada a volver a Tumeremo y poner la denuncia en el Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc). Pero no lo hizo porque teme las represalias que puedan tomar en su contra, en especial porque sus hijos y sus sobrinos dependen de ella. Y teme porque sabe que físicamente se parece mucho a su hermana desaparecida. Y también porque siente que por ser una migrante indocumentada allí no le brindarían la protección legal que necesitaría.

 

En 2016, el primer año que estuvieron juntas en las minas, María y Esther llegaron a El Termito. Vivieron unos meses convulsos porque se rumoraba que “El tren de Guayana”una férrea banda que opera en Bolívar, estaba en Tumeremo. En uno de esos días, María se desesperó tanto que le pidió a su hermana que salieran corriendo hacia el monte. Pero Esther, con mucha más experiencia en ese territorio, le dijo que ni se le ocurriera hacerlo, que era peor; y que, dado el caso, cuando viera llegar a la gente de “El tren de Guayana”, se tirara al piso y no se atreviera a mirarlos.

Era tanta la tensión por aquellos días que decidieron irse a Guyana, al otro lado del municipio Sifontes, por un tiempo: allí estuvieron un mes.

Ahora María conserva la esperanza de que los rumores de la muerte de su hermana no sean ciertos, porque cuando aquella vez ellas regresaron de Guyana, el rumor que se corrió en Tumeremo era que a ambas las habían picado y echado en una fosa común.

María trabaja sembrando y recogiendo flores en una finca en Bogotá, a más de mil kilómetros de su casa en Barranquilla, donde dejó a sus hijos y sobrinos al cuidado de su madre. La tierra húmeda en las botas de hule, el aire fresco y la vegetación de la finca bogotana le recuerdan el tiempo que estuvo con Esther minas adentro, recorriendo las veredas de difícil acceso en moto, llenas de barro, y cantando despreocupadas.

María tiene a su hermana muy presente, también al país en el que tuvo nuevas oportunidades, a pesar de que sus recuerdos se hayan manchado de sangre. Sin ninguna certeza de su paradero, la única opción que tiene es la de aferrarse con fuerza a ese recuerdo de Esther, mientras en su mente retumba la voz que hace tiempo escuchó: “De tu hermana no se sabe nada, de pronto esté presa, de pronto esté muerta”.

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