Agnelys prefiere pensar que su mamá está de viaje

Desde que Agnelys se mudó a Caracas para estudiar, solía visitar con frecuencia a Rebeca, su madre, en Ciudad Bolívar. La última semana de julio de 2018 no logró viajar porque no encontró pasajes. Por eso estaba en Caracas cuando una tía la llamó para decirle que había pasado lo que tanto temía que ocurriera: Rebeca estaba desaparecida junto a Aldrin, su pareja.

Agnelys prefiere pensar que su mamá está de viaje

Desde que Agnelys se mudó a Caracas para estudiar, solía visitar con frecuencia a Rebeca, su madre, en Ciudad Bolívar. La última semana de julio de 2018 no logró viajar porque no encontró pasajes. Por eso estaba en Caracas cuando una tía la llamó para decirle que había pasado lo que tanto temía que ocurriera: Rebeca estaba desaparecida junto a Aldrin, su pareja.

María Ramírez Cabello

 

Desde que Agnelys se mudó a Caracas para estudiar, solía visitar con frecuencia a Rebeca, su madre, en Ciudad Bolívar. La última semana de julio de 2018 no logró viajar porque no encontró pasajes. Por eso estaba en Caracas cuando una tía la llamó para decirle que había pasado lo que tanto temía que ocurriera: Rebeca estaba desaparecida junto a Aldrin, su pareja.

 

Agnelys recuerda muchos detalles del 1ro de agosto de 2018.

 

 

El tiempo ya ha pasado y ha podido ver en perspectiva cómo fue ese miércoles en el que su rutina cambió. Había aprovechado buena parte del día para resolver algunos pendientes de la universidad. Recuerda, por ejemplo, que se encontró en YouTube un documental sobre el secuestro de un hombre; su hija era quien relataba la tragedia. Viendo el video se derrumbó sin explicación lógica: lloró como si se tratase de alguien muy cercano a ella. En ese momento no logró ver el sentido premonitorio de aquella reacción suya, que justificó solo porque aquella historia le dio sentimiento.

Se atrevió a salir a final de la tarde y afuera caía el sol.

Fue entonces cuando recibió una llamada desde Ciudad Bolívar de una de sus tías. Apenas hubo espacio para los saludos habituales, porque la mujer sonaba angustiada e impaciente: le preguntó si sabía de su mamá. Aunque ellas se comunicaban con frecuencia, ese día ni se habían llamado ni se habían escrito.

Entonces la tía le soltó la frase que jamás hubiese querido oír:  

—Te voy a decir la verdad: ¡tu mamá está desaparecida…! —y se le atragantaron las palabras con el llanto.

Ahora también Agnelys estaba hecha un manojo de nervios; la angustia se apoderó de ella. Era muy poco lo que la tía podía informarle. Se conocían escasos detalles de las circunstancias de la desaparición. Ella sabía que el estado Bolívar era una bomba de tiempo por la violencia vinculada con la minería ilegal. Pranes, sindicatos y paramilitares se disputaban el control de los yacimientos de oro.

Lo primero que pensó, tratando de calmarse, fue que su madre, Rebeca Núñez, y su pareja Aldrin Torres –desparecido igual que ella– habían huido a Brasil. “Están vivos, están vivos”, se decía. “Seguro este jevo se metió en un peo y están escondidos”.

Aldrin Torres era miembro de la directiva estadal del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ex vicepresidente del Consejo Legislativo del estado Bolívar y “padrino político” del municipio Sifontes, uno de los enclaves mineros del sur del país. Rebeca tenía seis meses viviendo con él. Agnelys sabía que su madre no estaba segura, pues una relación de ese tipo la acercaba mucho más al peligro.

La llamada de su tía vino a confirmar uno de sus peores miedos.

Un torbellino de cosas comenzó a pasar por su cabeza.

Pensó en el viaje postergado a Ciudad Bolívar para reencontrarse con la madre y celebrar juntas que ella había terminado la carrera de psicología en la Universidad Católica Andrés Bello, por la que se había mudado a Caracas cinco años antes. La escasez de pasajes –por aire y por tierra– no le permitió viajar el último fin de semana de julio de 2018, aunque estaba determinada a ir y celebrar con ella su triunfo apenas se diesen las condiciones.

Rebeca y su hija eran muy cercanas, y a pesar de la distancia que las separaba hablaban con frecuencia, tanto como se lo permitieran sus ocupaciones. Aquella cercanía quizá se debía a que casi se podría decir que ambas crecieron juntas: la madre contaba 41 años y la hija 23. Rebeca se casó a los 17 años y quedó embarazada de inmediato, pero enviudó cuando aún la niña no había nacido. Vivía en La Victoria, estado Aragua, porque de allí era la familia de Agnelo, el esposo. Decidió regresar a Ciudad Bolívar, cerca de los suyos; además, amaba el calor de su pueblo natal.

Cuando Agnelys todavía no cumplía el primer año de edad empezó a estudiar derecho. La madre se llevaba a la hija en brazos a ver algunas de sus clases en la universidad. Al graduarse de abogada, intentó montar un bufete, pero pronto desistió de la idea. Luego entró a trabajar a la Fundación del Niño, como parte de las recién creadas Defensorías del Niño y el Adolescente, y allí estuvo 4 años. Después pasó a otras instituciones y dependencias gubernamentales.

A mediados de julio de 2018, Rebeca asumió la jefatura del Registro Civil del municipio Heres, en la capital del estado Bolívar. Agnelys sabía que su madre no se sentía cómoda en su nuevo ambiente de trabajo, aunque no fue clara ni específica sobre las causas de aquella molestia.

Pensando que quizá por allí encontraría alguna información, marcó a los números de compañeros de trabajo de su madre. Habían pasado más de 10 horas desde la última vez que la pareja fue vista. Respiraba hondo. Intentaba tranquilizarse. Con ninguno de ellos pudo conseguir pistas.

 

Rebeca y Aldrin habían sido secuestrados en su propia casa en el sector Marhuanta de Ciudad Bolívar, aunque sobre los hechos hay más dudas que certezas. La pareja tenía poco tiempo viviendo allí. La casa había sido concluida recientemente, pero Rebeca no se sentía segura de vivir sola, hasta que se mudó con Aldrin. Los vecinos afirman que el 31 de julio un hombre desconocido a bordo de una moto había estado merodeando por los alrededores de la casa.

A las 5 de la mañana del 1º de agosto de 2018, todavía no había salido el sol cuando los vecinos dicen haber visto un carro beige que llegó a la casa. En ese vehículo y en el de Aldrin –un Orinoco rojo– se los llevaron a ambos. Esta versión dejaba cosas poco claras. Pero parecía casi imposible dar con más detalles.

Las amigas de Rebeca fueron las primeras en notar que algo no estaba bien, porque no contestaba los mensajes de Whatsapp y no había ido a una reunión de trabajo esa misma mañana. Rebeca era muy responsable y no solía faltar a sus compromisos. Menos aún sin avisar.

Pronto el caso se dio a conocer en todo el estado Bolívar, más por Aldrin y sus vínculos con el chavismo que por Rebeca. En redes sociales Justo Noguera, gobernador de Bolívar, informó sobre el inicio de sobrevuelos de búsqueda en helicópteros, y difundió fotos de las aeronaves. Pero no se dieron mayores detalles de estos operativos ni de sus resultados.

Agnelys había conocido a la pareja de su mamá un año antes, en agosto de 2017. Y las cosas habían comenzado mal entre ellos: nada indicaba que iba a ser de otra manera. Ella era activista política en contra del gobierno de Nicolás Maduro, y él militante comprometido del chavismo, había ocupado cargos importantes en el partido oficialista y en el propio gobierno. En el almuerzo organizado por la madre para que se conociesen, el hombre se burló de los estudiantes que participaron en huelgas de hambre como protestas en contra del régimen Nicolás Maduro.

Agnelys se airó de inmediato y se levantó de la mesa.

—Si te hace feliz, cuídate mucho —le aconsejó a su mamá, con un tono como si ella fuese la madre y Rebeca su hija.

 

Aldrin tenía vínculos con las localidades mineras al sur del estado Bolívar, en las que la extracción ilegal está bajo el control de grupos civiles armados que actúan imponiendo la violencia en los yacimientos de oro.

Unos vínculos que ahora no estaban muy claros, y hasta resultaban contradictorios. Porque en algún momento incluso se le acusó de estar vinculado con el autor de la masacre de Tumeremo, ocurrida en 2016, en la que habían sido asesinados 17 mineros, cuyos cuerpos luego fueron encontrados en una fosa común. Pero, por otra parte, dos meses antes del secuestro, publicó tres columnas de opinión en varios medios de la región, en las que criticaba el profundo deterioro de la única empresa aurífera estatal, Minerven, cuyas plantas estaban paralizadas y desmanteladas, mientras que la minería ilegal proliferaba a sus alrededores. Fue una denuncia que sorprendió incluso a su entorno político. En la segunda publicación dejaba ver que era consciente de los peligros de hacer tales denuncias.

Desde Caracas, Agnelys estaba al tanto de los señalamientos de Aldrin. Y estos eran el motivo de que sus temores se acrecentaran, pues sabía que en Bolívar eran capaces de secuestrar a una persona por las razones más fútiles. El robo de un gramo de oro, por ejemplo, era razón suficiente. Y Agnelys se preocupaba, porque sabía que aquellas declaraciones los ponía en riesgo, por eso siempre le pedía a Aldrin que fuese cauteloso.

—Cuídate mucho —le dijo una vez— porque si no te cuidas, no estás cuidando a mi mamá; en el peo en que te metas, la estás metiendo a ella.

Agnelys no se despegaba de su teléfono celular.

 

Esa misma noche del 1ro de agosto logró comunicarse con el comisario que llevaba el caso, según le dijeron. En un país donde las instituciones policiales no funcionan era sorprendente que ya estuviesen investigando la desaparición de su madre, y mucho más sorprendente aún era que el hombre hubiese accedido a hablar con ella. Pronto se dio cuenta de que con él tampoco iba a enterarse de gran cosa.

 

Su respuesta fue tajante: no podía decirle nada por teléfono.

 

—¿Te han pedido rescate? —le preguntó.

 

A ella nadie la había llamado.

“Si fuese un secuestro, ya me hubiesen pedido plata y no lo han hecho. Esto no es normal”, pensaba.

Agnelys seguía en Caracas, sus familiares le habían recomendado que por seguridad no viajara a Bolívar. Aun trataba de ayudar con la búsqueda en la distancia: llamando a todo el que podía, monitoreando las redes sociales para ver si encontraba alguna pista, en contacto con un amigo hacker en España que intentaba ubicar alguno de los tres teléfonos de Rebeca. Uno estaba apagado, los otros dos no tenían señal. También pidió a la familia que intentara ubicar rastros del carro en los deshuesaderos —sitios ilegales en los que desvalijan vehículos.

Cuando habían pasado 48 horas sin noticias, sin pistas de ningún tipo, Agnelys comenzó a perder las esperanzas de que la madre siguiese con vida. Estaba desesperada. Ella sabía que en Bolívar “secuestrado” y “desaparecido” pueden ser sinónimos de “muerto”, y que para pasar de un estado a otro solo bastaba un segundo.

Ahora se preguntaba por el paradero de los cuerpos.

Pensaba en el sitio donde los habrán dejado.

Dejó de asistir al trabajo donde dictaba terapias de gimnasia mental. Perdió el apetito y el sueño: llevaba ya ocho noches sin dormir. Se mantenía despierta porque temía no enterarse a tiempo de cualquier cosa que pasara. Durante el día, cuando su cuerpo ya no aguantaba más, caía rendida por el sueño unas horas.

Algunas amistades habían llamado para darle el pésame. “A mi mamá todavía no la han encontrado”, les respondía, reprochándoles la imprudencia. Su corazón se debatía en una encrucijada: mientras que por una parte deseaba que estuviese viva, por la otra sabía que no había posibilidades reales. “¿Qué razones tendrían los secuestradores para mantenerlos con vida?”, se preguntaba.

A las 2:30 de la tarde del sábado 11 de agosto de 2018, un conocido de la familia encontró un vehículo quemado en una zona enmontada, a menos de un kilómetro de la autopista Ciudad Bolívar-Puerto Ordaz.

De inmediato llamó a la familia.

Algunos no tardaron en llegar al lugar.

“Parece que no están vivos”, fue lo primero que le dijeron a Agnelys ese mismo día.

Enseguida pensó en las formas de identificar el cuerpo de su madre: los registros dentales, una malla en la rodilla derecha que le habían puesto en una operación y un tatuaje en la nuca. Ella seguía en Caracas y había caído en cuenta de que a veces pensaba en cosas como esta quizá porque sabía que, por mucho que se esforzara, en la distancia no podía hacer demasiado.

Su tía —la misma que le había dado la noticia de la desaparición— le confirmó que eran de ellos los cuerpos encontrados. Allí estaba el vehículo calcinado de Aldrin y a escasos dos metros los cadáveres abandonados y en proceso de descomposición. El nombre tatuado de “Agnelys” en su nuca fue la señal de confirmación para hacer el reconocimiento; el tatuaje estaba intacto y su trazado de líneas negras era muy claro, a pesar del estado del cuerpo. Un tío se encargó de hacer la identificación.

La autopsia señalaba como causa de muerte un disparo en la cabeza.

Dos días después del hallazgo, el lunes 13 de agosto, Agnelys volaba al sepelio de Rebeca, en Ciudad Bolívar, después de superar no pocas dificultades para hacer el trayecto: la escasez de boletos, agravada por la premura de esa compra y los precios en dólares.

—Me preguntaron si quería verla y me negué, quería conservarla como la recordaba.

En el entierro estuvieron personas que no quería que estuvieran. Una de ellas fue la diputada Yaritza Aray, compañera de partido de Aldrin. Y no se pudo contener.

—No necesito actos políticos —le dijo—, porque cuando mi mamá se perdió, no había cámaras. ¡Váyase! ¡Esto no es un show! —y la mujer abordó su carro con la gente que la acompañaba y se fue.

Esa noche fue a la casa de Rebeca. Allí sintió su olor en la ropa aún guardada, y de alguna manera volvía a abrazar su recuerdo. Las ventanas permanecían cerradas. Todo estaba en su lugar, incluso los muebles que habían comprado juntas. Entonces hizo lo que su madre hubiese hecho: se quedó con parte de la ropa, con las fotos; otros objetos los regaló a las amigas de Rebeca; todo lo demás lo donó a un asilo de ancianos.

Antes de abandonar la casa arrojó al piso un pequeño busto de Hugo Chávez que estaba en la sala. Y casi disfrutó del sonido de la cerámica al estrellarse contra el suelo y volverse pedazos.

Algunas veces Agnelys piensa que su mamá está en la Gran Sabana, su lugar favorito, y que su teléfono no tiene señal. Estaba tan acostumbrada a ella que prefiere pensarla de viaje. Durante esos días asume que no está muerta. La consuela saber que no quedó nada pendiente entre ellas: todo lo que tenían que pasar juntas, pasó. Sin embargo, ha preferido marcar distancia, alejarse cientos de kilómetros hasta Chile, donde ahora vive. Tiene pensado trabajar para ayudar a sus familiares a salir del país.

Seguramente en Venezuela los recuerdos se le harían más cercanos, más difíciles de atenuar, como el de ese viaje postergado a Ciudad Bolívar para celebrar el término de su carrera; recuerdos que incluso se le han quedado en la piel, como el olor que aún conserva de la ropa de su madre, o su firma, que se hizo tatuar en la muñeca derecha, o las dos golondrinas que se tatuó en el lado izquierdo del pecho —cerca del corazón— que las representan a ambas.

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DESAPARECIDOS

Estas historias forman parte de la serie Fosas del silencio: Los desaparecidos en la búsqueda de El Dorado, un trabajo de CODEHCIU en alianza con La Vida de Nos.

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