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Richard Poll le prometió a su hermano Wilfredo que regresaría pronto de Tumeremo, el pueblo minero del sureste del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, donde fundiría el oro que había extraído durante los últimos meses. Fue el 19 de noviembre de 2017. El último día que escuchó su voz.  

  María Ramírez Cabello / ilustraciones de Valentina Eurea   La mañana del domingo 19 de noviembre de 2017, Wilfredo Pooll llevó en su carro a su hermano Richard hasta la alcabala de La Romana, en Upata, la puerta de entrada a las minas del estado Bolívar, en el sur de Venezuela. En el trayecto, que les tomó cerca de una hora, conversaron sobre sus planes inmediatos. Habían decidido que, después de años de trabajo duro, montarían un bodegón en Puerto Ordaz —la ciudad que se levanta frente al caudaloso Río Caroní, en el norte del estado— al que se dedicarían de ahora en adelante. Ya habían visto un par de locales comerciales para alquilar. Solo faltaba que Richard, que en los últimos años se había dedicado a la minería, cerrara de una vez por todas esa etapa de su vida poniéndole fin a los negocios que mantenía con Carlos, su socio. Richard, un hombre dicharachero de tez morena, alto y robusto, tenía entonces 41 años. Iba entusiasmado y de buen humor. Acababa de pasar una semana en Puerto Ordaz. Allí se abasteció de alimentos y junto al hermano, se le ocurrió registrar una firma personal. Como Wilfredo trabajaba en Empresas Polar, tenía contactos para asegurarse el suministro de mercancía que venderían en el local. —Cuídate mucho. Toma las previsiones que sean necesarias. No confíes en nadie y administra bien la comida que llevas —le aconsejó Wilfredo.   —Tranquilo, lo que traiga te lo entrego para comprar mercancía y hacer los documentos. Confío en ti —le respondió Richard. Al llegar a Upata se dieron un fuerte abrazo. Richard le prometió que regresaría a tiempo para el cumpleaños de la esposa de Wilfredo, unos 10 días después. Lo celebrarían con una parrilla. De allí, tomó un carro hasta Tumeremo, un pueblo minero del municipio Sifontes, a dos horas por carretera de Upata, en el sureste de Bolívar. Iba hasta allá para fundir el oro que por meses logró extraer y acumular con su socio Carlos. —Ya llegué a Tumeremo. Estoy con Carlos. Voy a comprar unos medicamentos y regreso al hotel —le dijo Richard a Wilfredo, desde el otro lado de la línea, ese mismo 19 de noviembre. Fue una conversación corta, una de esas llamadas que se hacen para despreocupar a los familiares. Y esas fueron las últimas palabras que le oyó Wilfredo a su hermano. La última vez que escuchó su voz.   Cuando viajaba a esa localidad, Richard solía hospedarse en el Hotel Venezuela Center. Allí estaba la noche del 20 de noviembre cuando varios hombres armados entraron y, a la fuerza, apuntándolo, se lo llevaron. Los trabajadores del hotel no sabían quiénes eran, nunca los habían visto. —Se lo llevaron unos tipos del hotel… Tranquilo que, si Richard no aparece, te voy a dar su parte. Estamos moviéndonos, cuentas conmigo —le dijo Carlos la mañana del 21 de noviembre, con una voz amable. Fue tan receptivo que Wilfredo sintió que contaba con él. Nadie conocía los detalles del rapto. Ni siquiera Carlos estaba al tanto de los pormenores de lo que había pasado. O eso decía. Solo se sabía que los captores habían montado a Richard en un carro y que, aparentemente, eran de un sindicato minero, como se conoce a las agrupaciones criminales que controlan la extracción de minerales con complicidad de funcionarios del Estado en el sur de Venezuela.   Richard, el mayor de 11 hermanos, se dedicó a la albañilería antes de incursionar en la minería. Sucumbió al encanto del oro, aunque sabía que trabajar en las minas lo ponía en riesgo de perder la vida en un derrumbe o a mano de grupos armados. Padre de una niña, repartía su tiempo fuera de la mina entre Puerto Ordaz, donde estaban su madre y sus hermanos, y Santa Elena de Uairén, la última localidad venezolana en la frontera con Brasil, donde vivía su pareja. Dos meses antes de que se lo llevaran, resultó herido en un derrumbe en una mina. Salió golpeado, caminando con dificultad; pero apenas mejoró, gracias a los cuidados que le proporcionaron en la casa de Wilfredo, en Puerto Ordaz, volvió a la mina. Otras veces, eran los malandros o los cuerpos de seguridad del Estado los que llegaban “echando fuego”. Esos eran motivos suficientes para disuadir a los familiares que querían aventurarse al mundo minero. Unos primos querían probar suerte y Richard les aconsejó que no lo hicieran. Les insistió que era muy peligroso, que tenían que dormir con un ojo abierto y otro cerrado, que a veces tenían que correr al río para escapar de las balas. Alguna vez, años atrás, a Wilfredo también se le ocurrió ir, pero el hermano no se lo permitió. —No vas a aguantar ni unos días, Wil. Ese mundo no es para ti. Mejor quédate tranquilo —le advirtió. Así lo cuidaba. Desde que raptaron a su hermano, Wilfredo pasaba horas tratando de conciliar el sueño. Nunca había tenido problemas para dormir, pero ahora la angustia no le daba tregua. Daba vueltas en la cama tratando de hallar acomodo en el colchón. A veces salía desesperado del cuarto y se sentaba en la mesa del comedor a pensar, o trataba de distraerse viendo televisión. Los días seguían pasando y no llegaban noticias de Richard. Se imaginaba que podían haberle ocurrido las peores atrocidades. Y no eran divagaciones de su mente, porque sus conjeturas se basaban, precisamente, en las cosas que Richard le había contado. A fin de cuentas, Wilfredo sabía que quienes comandaban las organizaciones criminales de las minas, no eran más que delincuentes capaces de hacer cualquier cosa por dinero. Angustiado con todas esas ideas dándole vueltas, comenzó a padecer terribles dolores cabeza que lo paralizaban día y noche. Wilfredo pidió permiso y vacaciones adelantadas en su trabajo para asumir la búsqueda de su hermano por sus propios medios. Iba al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) a diario, a ver si había alguna nueva información sobre el caso de su hermano. Uno de esos días, un policía le contó que habían encontrado unos cadáveres desmembrados en el sur. Los habían dejado tirados en plena vía. Wilfredo podía ir al cementerio de Chirica, en Ciudad Guayana, a ver si alguno de aquellos cuerpos era el de Richard. Y hasta allá fue acompañado por dos tíos. Los cadáveres a los que se refería el funcionario estaban depositados en el área donde dejan los muertos que nadie retira. Era un cuarto ruinoso. Los restos, sin refrigeración, envueltos en bolsas negras o con el plástico que usan para techar los campamentos mineros, ya estaban descompuestos. Ese lugar desprolijo, ese olor nauseabundo le produjeron un impacto a Wilfredo: vomitó todo lo que tenía en el estómago. No podía estar más allí, no podía ver esos cuerpos. Los funcionarios intentaron hallar en esos difuntos las marcas que podrían identificar el cuerpo de Richard: un tatuaje en el pecho con el nombre de su hija y otro en la espalda con el de su pareja. No dieron con ellas. Ninguno era Richard.   Una tía y su madre de 56 años viajaron a Tumeremo a poner la denuncia. Era el lunes 27 de noviembre, fecha en que se cumplía una semana de la desaparición. El de la minería no era un mundo desconocido para la madre; tampoco el de la hostilidad y el maltrato de las autoridades. Hacía décadas que había trabajado en las minas del sur, pero unos militares destruyeron sus máquinas en un yacimiento llamado Playa Blanca, una de las zonas que posiblemente Richard había pisado. En Tumeremo, los mismos policías del Cicpc que registraron la denuncia, les hicieron una recomendación: —No pregunten mucho. Lo dijeron con el tono de una advertencia. Después del trámite, las mujeres decidieron regresar. Poco a poco, Carlos, el socio de Richard, se fue desentendiendo de la búsqueda y de los acuerdos. Cuando Wilfredo le preguntó por el dinero, por la parte del oro de Richard tras meses de trabajo, la respuesta de Carlos fue tajante: —Mi hermano, yo no hice negocios con usted. Se había transformado en otro: ya no era aquel hombre amable y receptivo que lo llamó para contarle que se habían llevado a Richard. Se quedó con la ropa, el bolso, la comida, con todo. Wilfredo le había advertido a Richard que estuviera pendiente, que tuviese cuidado. Luego de más de un año de trabajo, suponía que el oro recolectado era una cantidad considerable y podría generarle problemas: ponerlo en riesgo. “Ese chamo es bueno”, le insistía Richard. Había conocido a Carlos en las minas, se habían cuidado en medio de las hostilidades de esos territorios sin ley. Wilfredo, sin embargo, sabía que Richard era confiado, demasiado quizá. En medio de su desespero, Wilfredo contactó a los líderes de una banda de San Félix, en el norte de Bolívar, que tenían conexiones en las minas. Sentía que ellos podían ayudarlo. Habló con un hombre que respondía al mote de “Capitán”, un pran al que se le atribuía el control de las minas. Pero no, no obtuvo ninguna ayuda: al contrario, a la primera llamada, le pidió el pago de una vacuna y lo amenazó. —No quiero que estés comentando nada —le dijo—. Si vienes para acá, lo voy a saber; y si vas a la policía, lo voy a saber… Si vas a Tumeremo a poner la denuncia, te va a pasar lo mismo que a tu hermano. Por allá ni te acerques. Deja eso así. Tenía muchas ganas de viajar a buscar a su hermano él mismo, pero no podía. Temía por su familia. Fue muchas veces al Cicpc. Aunque los funcionarios lo atendían muy amablemente, en el fondo sabía que no harían una búsqueda efectiva.   El tiempo ha pasado. Han transcurrido más de dos años de la desaparición de Richard. La familia no ha recibido ni una llamada de los cuerpos policiales para hacer preguntas o informar de algún hallazgo. Nada. Ni siquiera un indicio que permita darle nombre a ese sentimiento que quiebra a Wilfredo cada vez que habla de Richard. Cree que todavía está vivo. Wilfredo sigue trabajando en Empresas Polar, aunque la pandemia de covid-19 lo mantiene en casa vendiendo alimentos y licores, y haciendo entregas a domicilio para subsistir. En abril de 2020, la madre creyó ver a su hijo. Los recuerdos se le escapan. La enfermedad de Huntington que padece la mujer avanza, y el deterioro cognitivo que la caracteriza ataca su memoria, la atención y el reconocimiento visual. Quizá por eso hay detalles que se le resbalan. Ella dice que Richard se le apareció, que llevaba la ropa limpia y el pelo recién cortado, que alcanzó a decirle que estaba bien, que no se preocupara. Que se abrazaron, emocionados, y lloraron. Fue un sueño, uno que quizá traducía el deseo profundo de volverlo a ver. Un sueño borroso y difuso, como lucen ahora los planes del bodegón que pensaban abrir los hermanos y que apartaría definitivamente a Richard de la mina, de ese riesgo siempre latente de muerte. Ese negocio que montaría después del que era su último viaje a las minas del sur de Venezuela.

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