Helena Rodríguez comenzó a sospechar que a su hija Milena García le pasaba algo cuando dejó de recibir sus llamadas desde las minas del sur del estado Bolívar. Por eso decidió llamar a un periódico de Ciudad Guayana para reportarla como desaparecida.  

 

Clavel Rangel Jiménez / ilustraciones de Valentina Eurea

 

 

Después de una semana sin tener noticias de su hija, Milena García, Helena Rodríguez comenzó a preocuparse. Cada vez se le hacía más difícil dormir. Se pasaba la noche contemplando el techo liso y blanco de su pequeño cuarto, apenas iluminado por las luces que se colaban desde afuera. En esas horas de insomnio, hacía muchas conjeturas sobre el paradero de su hija: todas le aterraban. Se acostaba con el teléfono cerca, al alcance de la mano, por si llegaba un mensaje de Milena o la llamaba.

Recordaba las historias que había escuchado sobre las minas del sur del estado Bolívar. Historias como la del esposo de la vecina que se fue y no regresó. Se dice que allá lo picaron en pedazos. Sola entre las cuatro paredes de su habitación, pensaba en eso porque precisamente para esa zona se había ido Milena a comienzos de julio de 2019.

Desde noviembre de ese año no le escuchaba la voz.

 

Aquella última llamada se oía mal. Como siempre, Milena la había realizado desde un teléfono prestado. Le dijo a su madre que todo estaba bien, pero que iría a una nueva mina, más al sur, cerca de la frontera con Brasil, donde podría conseguir un mejor trabajo, porque donde estaba no le iba muy bien. Le dijo que antes iría a su casa en Cumaná, la capital del estado Sucre, en el oriente de Venezuela, a visitar a sus dos hijas, de 2 y 7 años.

Pero eso nunca ocurrió.

Y ya transcurría marzo de 2020.

Helena ha vivido 27 de sus 48 años en Porlamar, una pequeña ciudad de la Isla de Margarita, también en el oriente de Venezuela. Allí levantó a tres de sus hijos mientras a Milena, la menor de los cuatro que tuvo, la criaba una comadre en Cumaná. Graduada en educación especial, Helena ejerció su profesión hasta que lo que ganaba se volvió insuficiente, y decidió trabajar en lo que fuese: consiguió empleo en una tienda por departamentos como asistente de pasillo.

No conoce Bolívar, menos esas minas que se han hecho tan famosas en los últimos cinco años, cuando la crisis económica y política en Venezuela se agudizó, y muchos comenzaron viajar hasta allá para sacar oro de la tierra y obtener buenos ingresos. Luego de la desaparición de su hija, Helena se ha empeñado en conocer detalles de lo que ocurre en esos territorios. Buscó en internet y encontró noticias, ninguna buena: la mayoría eran relatos de masacres. Sabe que impera “la ley del oro”. Que, desde Cumaná son siete horas de viaje en carretera solo hasta Puerto Ordaz, y que desde allí hay que seguir en la vía rumbo al sur. Que al llegar a Upata hay poca señal telefónica. Que, según dicen, a las mujeres en las minas las ponen a trabajar en lo que sea en favor de los hombres. Que cualquier infracción se paga con sexo. Que al que “se come la luz” lo matan, y que es mejor no hacer mucho ruido si no se quiere correr la misma suerte. Eso le dijo un sobrino que presta servicio militar en un comando del sur y le aconsejó que no fuera porque podría ser peor para Milena.

Pero Helena no podía quedarse de brazos cruzados.

Conocer esos pormenores aumentó su angustia. Una angustia que, al comenzar la pandemia de covid-19, no aguantó más, porque vio imposibilitada de movilizarse desde la isla hasta Bolívar. Sintió que ahora menos podría investigar por sus propios medios ni denunciar en la policía local. Por eso buscó en internet un periódico de Ciudad Guayana donde había leído algunas de esas noticias sobre desaparecidos y, con la intención de que alguien que hubiese visto a Milena se pusiera en contacto con ella, les escribió en Twitter:

“Quiero denunciar la desaparición de mi hija”.

La idea que tenía Milena de irse a las minas, como habían hecho algunos de sus vecinos en Cumaná, una ciudad empobrecida en la que no pocos pasan hambre, tomó forma a finales de junio de 2019. Ella llamó a su madre y le contó el plan. Le dijo que una amiga la había invitado, que así podía tener mejores ingresos.

—¿A qué te vas, Milena…? Se escuchan tantas cosas malas de allá; muchos van y no regresan…

—Tranquila, mamá, que yo me sé cuidar.

Helena encomendó su hija a Dios sin poder hacer mucho más.

Milena dejó a la niña mayor con la familia del papá, y a la menor con una vecina.

Tenía 28 años cuando se fue. Nunca antes había viajado al sur del país. En fotografías se le ve delgada, atlética, bronceada, con sandalias bajas, pantalones cortos y una sonrisa amplia en las playas de Cumaná. Se planchaba el pelo: lo usaba lacio, a la altura de los hombros, de color castaño oscuro, casi negro. Cuesta mucho conciliar esa estampa con la de una vendedora de pescado.

Que era su oficio. Debía levantarse todos los días cuando aún era de madrugada e ir hasta la Lonja Pesquera o a la Boca del Río a abastecerse de pescados. Después, todavía muy temprano, iba a venderlos en el mercado. La jornada de trabajo se extendía hasta más allá del mediodía, entre el calor sofocante, la algarabía de los compradores y los olores nauseabundos.

Esa fue su rutina de varios años, su forma de llevar el sustento a su casa. Pero en los últimos meses ese esfuerzo no se traducía en ganancias suficientes para pagar las cuentas.  Y fue por esa crisis, que cada vez se hacía sentir más en su mesa, que se vio obligada a irse a las minas.

No era la única. Tanto en el estado Sucre como en Nueva Esparta, donde queda la Isla de Margarita, la ola migratoria hacia las minas del sur de Bolívar se ha intensificado en los últimos años. Sin fuentes de empleo fijo, y con el mercado del comercio informal copado, muchos se van a los municipios del sur, aún sin conocer el territorio, invitados por alguien que ya hizo el primer viaje.

Helena, en la isla, entendía que Milena se iba buscando mejorar las condiciones de vida de sus hijas, porque era madre soltera y ella sola debía sostener la casa. Irse a trabajar a las minas era una opción muy atractiva, y ya ella había escuchado de gente que supuestamente ganaba en lingoticos, una pieza de oro de 1,5 gramos (valorada en unos 100 dólares). Y que en un solo día de trabajo se puede ganar un gramo de oro. Aunque la cotización del gramo se rige por el mercado internacional, a veces los grupos de poder dentro de esos territorios imponen una tasa de cambio por debajo de ese precio: el que se niegue a aceptarla es castigado o expulsado de la tierra. Es un precio que, en las condiciones de Venezuela, muchos están dispuestos a pagar.

 

Helena recibía periódicamente llamadas de Milena.

No todos los días, pero en la semana se comunicaba varias veces desde un teléfono prestado de una compañera de trabajo. En las minas, la señal telefónica regular es casi inexistente. Solo las líneas de la empresa estatal Movilnet a veces reciben cobertura. Mineros y trabajadores de la zona suelen pagar algunos minutos de internet satelital para llamar a través de Whatsapp y así hablarles a sus familiares en otros estados del país.

En esas conversaciones, Milena le había contado a su madre cosas que la dejaban preocupada. Por ejemplo, que en la mina San Martín de Turumbán, en la frontera con el Esequibo, le habían retenido sus documentos personales; y que, de vez en cuando, había enfrentamientos armados porque llegaban otros que querían tomar el control de esas tierras.

Aun así, con solo escucharle la voz, la madre aplacaba sus miedos.

—Cuídate mucho, hija, Mira que son terribles las cosas que se escuchan de esas minas.

Eso le dijo en aquella última conversación.

Helena no sabe a cuál mina fue su hija. Son decenas las que están operativas en los municipios Sifontes, El Callao, Padre Chien y Gran Sabana, en el sur de Bolívar. Ella solo le dijo que iría más cerca de Brasil. Sin mayores señas, pero con la certeza de que algo no andaba bien, logró denunciar dos veces en el periódico que contactó por Twitter. “Reportan desaparición de joven en las minas. Sigue búsqueda de desaparecida en El Callao”, publicaron en el diario.

Una amiga le recomendó a Helena que pusiera la denuncia, que debía hacerlo en la comandancia de la zona donde la muchacha desapareció. Cosa que era impensable por las limitaciones de sus recursos. Y ante la dificultad de hacer esa diligencia, en los registros oficiales Milena no figura como desaparecida.

Al principio creyó que, quizá por mero interés periodístico, algunos reporteros podrían trasladarse a las minas e investigar qué había pasado. Esas publicaciones en la prensa dieron fruto tan solo un mes después, o al menos eso piensa Helena. Porque se sintió escuchada. Atendida.

Por esos avisos fue que la conocí.

Vivo en Ciudad Guayana y, con un equipo de periodistas, monitoreo habitualmente las frecuentes denuncias de desaparecidos en las minas. Cuando nos topamos con la noticia de Milena y vimos un número de contacto, la llamé.

—Ella me llamó, pero yo sé que no está bien —me dijo—. Por eso para mí está desaparecida.

Su convicción nos sorprendió y no dejamos de mantener contacto con ella.

El 31 de mayo transcurría como un día más del confinamiento por la pandemia: era un domingo de tedio. Helena seguía sin lograr dormir bien, y cansada de tantas noches en vela, sentía que hacía las cosas un poco aletargada. Con esa pesadumbre perenne, ese día preparaba el almuerzo en la cocina mientras sus hijos veían televisión y esperaban la comida en sus cuartos. Tenía encendido el radio y se enteraba de los últimos ajustes al precio de la gasolina.

Entonces su teléfono repicó.

Era una llamada a través de Whatsapp desde un número desconocido. La sangre se le heló. Sintió un golpe en el pecho.

Era Milena.

―¡Es Milena, es Milena! ―gritó a sus hijos― ¡Vengan! ¡Vengan a verla!

Pero la que aparecía en la pantalla no parecía su muchacha. Llevaba el cabello largo y crespo, no usaba maquillaje, y se le notaban unos moretones muy cerca del pómulo derecho. Tenía los ojos enrojecidos, hinchados. Lloraba y parecía que llevaba horas haciéndolo.

Helena, días después, me contó que en aquella llamada su hija no hablaba, sino que soltaba el llanto apenas le hacía cualquier pregunta.

—Cuiden mucho a las niñas y estén pendientes de ellas —decía Milena—. Ponme a mis hermanos en frente, quiero verlos. Haz una captura a la pantalla. No me olviden —alcanzó a decirles  en tono de despedida.

—Pero, Mile, ¿te pasó algo?, ¿leíste el anuncio en prensa?, ¿dónde estás?, ¿te están amenazando…?

No había respuesta alguna.

—Milena solo lloraba inconsolable —cuenta Helena—, el audio era entrecortado. Se tapaba la cara y se ahogaba con el llanto, como si sintiera un dolor en el pecho. En la imagen pixelada se veía a dos hombres. Yo creo que eran sus custodios. Sus rostros no eran definidos, parecían más bien sombras. Nadie más hablaba. La conexión se interrumpió y desde entonces no hemos tenido más comunicación con ella.

Helena cree que aquella breve llamada la hizo su hija para despedirse. Pero a la vez conserva la esperanza de que vuelva a llamar. Aún guarda aquella captura de pantalla con la imagen pixelada del rostro de su hija. Como si tratara de una estampita la envió a un grupo de Whatsapp en el que la agregamos, un chat de familiares de desaparecidos.  Y escribió:

—Tengamos fe, mana. Tengamos fe. Van a aparecer.

 

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