Me están llevando para matarme

Óscar Eliézer Meya —indígena del pueblo pemón taurepán por el lado de su padre, y arekuna por su madre— era delgado y de piel bronce. Después de estudiar cinco años de medicina en el estado Guárico, se había devuelto a San Luis del Morichal, en el sur del estado Bolívar, de donde era. Allí trabajaba en una mina de oro. Y un día mientras tomaba unos tragos junto a un primo, lo desaparecieron.

Me están llevando para matarme

Óscar Eliézer Meya —indígena del pueblo pemón taurepán por el lado de su padre, y arekuna por su madre— era delgado y de piel bronce. Después de estudiar cinco años de medicina en el estado Guárico, se había devuelto a San Luis del Morichal, en el sur del estado Bolívar, de donde era. Allí trabajaba en una mina de oro. Y un día mientras tomaba unos tragos junto a un primo, lo desaparecieron.

Por Minerva Vitti Rodríguez

—Dinos dónde está tu hermano —lo desafió el que parecía ser el líder del grupo de hombres.

—Yo no tengo nada que ver con el problema que ustedes tienen —le respondió Óscar Meya sin perder el aplomo.

El hombre lo golpeó con fiereza. Después le pasó la hoja de su navaja por la frente y las gotas de sangre le corrieron por la cara. Estaban dentro de un local en el que compraban oro, en el puerto de El Dorado, al sur del estado Bolívar. Desde afuera les llegaba el bullicio de los vendedores que ofrecían su mercancía, de los habitantes del pueblo que transitaban por las calles, entre ellos mezclados funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana.

—Si por esto me van a matar, mátenme. No les voy a decir nada de lo que ustedes quieren. No saben con quién se están metiendo. Por mí puede venir mucha gente.

Los miembros del sindicato minero salieron y trajeron a otro indígena, un paisano suyo, para que lo identificara: “Si no tiene diente, ese es”.

Y a Óscar le faltaba uno de sus dientes.

Óscar Eliézer Meya Lambos tenía 36 años, era delgado y de piel bronce. Indígena del pueblo pemón taurepán por el lado de su padre, Manuel Meya, y arekuna por su madre, Julia Lambos. Había comenzado a estudiar medicina en la Universidad Experimental Rómulo Gallegos, en el estado Guárico, pero tuvo que abandonar la carrera cuando cursaba el quinto año por falta de recursos, por lo que regresó a San Luis de Morichal, su comunidad.

Allí comenzó a trabajar un tiempo en la mina para ahorrar y así retomar sus estudios. Pero no lograba guardar dinero porque lo poco que ganaba lo gastaba comprando alcohol. Y ese era, quizá, el mayor de sus defectos: el gusto por la bebida. Por lo demás, su comunidad lo recuerda como un hombre de carácter afable, de buen humor, al que le encantaba jugar futbol.

En marzo de 2018, su madre empeoró de la enfermedad que ya venía padeciendo y la tuvieron que trasladar desde San Luis de Morichal hasta Upata, porque allí tendría una mejor atención médica. El papá de Óscar le pidió que los acompañara, porque él tenía experiencia en hospitales y podría servir de mucha ayuda. Al cabo de unos días y con los tratamientos adecuados, la mujer se recuperó, y cuando la dieron de alta los dos hombres decidieron regresar a su comunidad.

La mujer quedó en Upata.

Para ir desde Upata hasta San Luis del Morichal hay que pasar primero por Tumeremo y luego llegar a El Dorado. Son unas 3 horas y media de viaje por tierra. Desde allí hay que tomar una lancha y navegar aguas arriba el río Cuyuní de 3 a 4 horas hasta arribar a destino. El papá de Óscar decidió que pasarían la noche en Tumeremo. Óscar se les adelantó hasta El Dorado, y allí lo esperaría al día siguiente para continuar juntos la travesía. Aprovecharía de encontrarse con unos amigos que lo habían invitado, los amigos de tragos de siempre.

Al día siguiente el padre llegó a El Dorado y se encontraron con un paisano motorista —que es como se les llama en la zona a los conductores de las lanchas— y salieron hacia San Luis de Morichal. Cuando subían por el río Cuyuní, a la altura de Santa María del Vapor, el motor de la embarcación comenzó a fallar. Como aún les quedaba bastante río por recorrer, el motorista optó por dejarlos en Santa María del Vapor y regresar a El Dorado para reparar el motor.

A Óscar le bastó saber que no podrían continuar y que su padre se quedaría en Santa María del Vapor para decidirse a regresar a El Dorado.

Estando con el motorista, Óscar se encontró con un primo en El Dorado que lo invitó a beber. Y él aceptó.

Era la mañana del 13 de marzo de 2018. Óscar y su primo estaban en el bar bebiendo. De repente unos hombres se les acercaron. “Este mismo es”, dijo uno de ellos; entonces los agarraron a los dos y se los llevaron a un local donde compran oro que queda frente al puerto principal de El Dorado, y que sirve de centro de operaciones para el sindicato de Fabio. Ahí los golpearon y los acusaron de haber apoyado a los militares durante los operativos contra ellos, los del sindicato.

Al rato llegó un lanchero brasileño que intervino a favor del primo. Les dijo que el muchacho trabajaba para él y que no era de San Luis de Morichal sino de otra comunidad. Les dijo también que Óscar sí era de San Luis de Morichal, que había sido el lanchero de los militares durante los operativos contra los mineros y además era el hermano del capitán de esa comunidad.

Cuando los del sindicato oyeron esas cosas, intensificaron la golpiza que le daban a Óscar.

Fractura de dedos y clavículas.

Cabeza horadada.

Navajazo en la frente.

Había llegado el mediodía. Luego vino la tarde. Desde afuera llegaba el rumor del río.

A Óscar le cubrieron la cabeza amoratada con una capucha.

—Yereukasena  yaröpök to’man —le dijo a su primo.

—¿Quién te dijo que podías hablar? —le gritó uno de los captores y le propinó más golpes.

Al primo le tomaron fotos, como para que no quedaran dudas de que lo podían identificar más adelante. Y lo amenazaron diciéndole que si hablaba y contaba lo que había visto irían por él y sus familiares y los matarían.

Después lo dejaron irse.

Pero a Oscar lo subieron encapuchado a una camioneta blanca y se lo llevaron.

Todo esto sucedió entre las 10 de la mañana y las 3 de la tarde de ese 13 de marzo de 2018.

“Yereukasena yaröpök to’man”, le había dicho a su primo con una voz quebrada ya por el dolor. “Me están llevando para matarme”.

Esa fue la última cosa que el primo le oyó decir.

El personaje principal de esta historia es apenas un elemento circunstancial en la compleja trama de intereses, enfrentamientos y conflictos por el control territorial y de las minas de oro al sur del estado Bolívar. Su único pecado era ser hermano de Omar Meya, el capitán de la comunidad de San Luis del Morichal.

Omar se había negado a permitir que Fabio Enrique González Isaza, el Negro Fabio, o simplemente Fabio, como le dice el común de la gente, ingresara con su sindicato a San Luis del Morichal a extraer el oro y cobrar vacuna por su explotación. Omar se ha negado a pesar de los intentos de acercamientos, de los ofrecimientos de armas y de oro en grandes cantidades.

Incluso, la comunidad ha resistido a las amenazas de exterminio de la población de unos 600 habitantes. El 30 de julio de 2017 se conoció de la muerte de 8 hombres del sindicato de Fabio en un enfrentamiento armado con agentes del gobierno. La comunidad también ha sido insistente con sus denuncias de los grupos armados, y logró que se instalara en el pueblo un punto de control militar con el aval de las autoridades indígenas.

Cabe suponer que ninguna de estas acciones eran de agrado para el sindicato de Fabio.

En represalia, los pobladores de San Luis de Morichal no podían bajar hasta el pueblo de El Dorado porque estaban amenazados de muerte. Así estuvieron durante siete meses: bajo asedio, sin poder ir a la ciudad y hacer sus diligencias, sin posibilidad de tener una vida normal.

Aquella amenaza seguía vigente cuando Óscar y su padre fueron a Upata a llevar a la madre al médico. 

El 14 de marzo el paisano finalmente reparó el motor y el padre de Óscar mandó a buscar al joven, pero nadie sabía nada. Y Manuel, el padre, preocupado, no dejaba de buscarlo. “¿Dónde está Oscar?”, le preguntaba a la gente que lo conocía, pero nadie sabía nada. El hombre, al que unos ladrones le habían matado un hijo porque supuestamente lo confundieron con un militar, estaba angustiado, al borde de la desesperación.

Los miembros de la comunidad comenzaron a moverse, hicieron diligencias, denuncias, hasta llegaron a contactar a gente de la inteligencia militar. Aunque habían dado con algunas pistas, no era mucho lo que podían llegar a saber por la resistencia de la gente a hablar. Decían que el jefe de esos grupos irregulares los tenía bajo amenaza de muerte.

“Si nadie habla, ¿cómo lo vamos a encontrar?”, le decían las autoridades a la familia.

48 horas después, la noticia comenzaba a circular por algunos medios informativos digitales. Y así se encendió el polvorín de protestas en la zona. Primero reclamando que Óscar apareciese vivo y sano, y con el pasar de los días para que por lo menos entregasen el cuerpo. Trancas fluviales, cierre de carreteras, pronunciamientos oficiales del pueblo pemón, protestas en los pueblos más céntricos, el apoyo de organizaciones sociales y políticas preocupadas por la violación de derechos humanos en el sur de Venezuela, la denuncia ante la Defensoría del Pueblo.

La gente decía muchas cosas. Sobre todo que seguro estaba muerto; o que tal vez andaba por ahí bebiendo. La familia solo quería encontrarlo: vivo o muerto. Que alguien se los entregara. Que investigaran, que buscasen donde fuese, que de ser necesario contactaran a ese Fabio y le preguntasen dónde lo tenían.

Después de haber sido golpeado salvajemente en aquella tienda de compra de oro, a Óscar lo sacaron con la cabeza cubierta y lo metieron en una camioneta blanca, en la que lo trasladaron hasta el puerto Los Naranjos, por el río Yuruari. Luego lo montaron en una lancha y navegaron aguas abajo por el río Cuyuní.

Y nadie sabe a dónde lo llevaron.

Cuando comenzaron a indagar, algunos informantes mencionaron varios lugares donde hay osamentas humanas: el kilómetro 21 de la Troncal 10, desde San José en el kilómetro 16. Pero no saben a quiénes pertenecen aquellos restos.

De Óscar no saben nada.

Meses después del 13 de marzo de 2018, un familiar de Óscar, que iba acompañado de otra persona, estaba en una bodega ubicada en un puerto de un pueblo minero a orillas del río Chicanán. En ese momento apareció el líder del sindicato minero, armado y con su gente. Alguien les dijo que aquel era Fabio. Entonces el pariente sintió un terrible vértigo que le recorrió el espinazo, y se atrevió a hablar:

—¿Dónde tienen a Óscar? Porque tú estás detrás de todo esto, de su desaparición y de su muerte. ¡Dinos dónde tienen a Oscar! ¡Dinos la verdad!

Se hizo el silencio en el lugar.

Llevaban casi un año esperando escuchar una respuesta. Era evidente que el hombre no se sentía cómodo siendo interpelado de aquella manera, pero en su rostro se percibía la calma de los poderosos, de los que se saben intocables.

Hasta que por fin habló:

—Lamentablemente él está muerto. Pero no fui yo sino la gente que yo tengo; fueron ellos. Ahí se equivocaron; fue una confusión. Ya el daño está hecho. Está descuartizado. Como un gesto mío con ustedes, les vamos a entregar sus huesos.

El familiar lloró, lloró, lloró mucho.

Y apenas sus fuerzas le dieron para decir unas palabras más.

—Es lo único que queríamos escuchar. Ya nos dijiste que está muerto. Ya mi corazón y mi espíritu van a estar en paz. Sé que Óscar ya no está, no existe, y el responsable eres tú. Puede ser que tú trabajes con el gobierno, puede ser que tú trabajes con quien sea, la autoridad más grande, pero te voy a decir esto: arrepiéntete de todo lo que has hecho porque de lo contrario tarde o temprano también a ti te va alcanzar.

Nadie podía saber qué pasó por la mente de Fabio, detrás de su mirada impasible.

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DESAPARECIDOS

Estas historias forman parte de la serie Fosas del silencio: Los desaparecidos en la búsqueda de El Dorado, un trabajo de CODEHCIU en alianza con La Vida de Nos.

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