Algunas reflexiones en torno a la educación venezolana en tiempos de cuarentena

 

*Henry Patiño

En Venezuela como medida preventiva ante el Covid-19, el presidente Nicolás Maduro anunció la cuarentena social y colectiva a partir del 16 de marzo y con ello la suspensión de las actividades escolares, planteándose la modalidad a distancia como vía para continuar los estudios. Esta propuesta, si se quiere fue visceral, sin basamento pedagógico, sin estrategias, sin mayores reflexiones e inconsulta, originándose con ello una preocupación en los padres, docentes, estudiantes y autoridades educativas de los distintos niveles.

 

El gobierno decidió que no habría más clases presenciales por el resto del año escolar y lanzó un plan educativo llamado “Cada familia una escuela”, es decir, que cada familia asume la educación de sus hijos.  De esta manera, de la noche a la mañana los padres se convirtieron en maestros de sus hijos. Los maestros se vieron obligados a repensar sus formas de dar clase, aliándose a la tecnología  (teléfonos inteligentes, computadoras, tablas y otros equipos, al igual que plataformas virtuales) y obligatoriamente poseer estos equipos tecnológicos o por lo menos los indispensable y conectividad a internet, pero los estudiantes y representantes también requieren de esta tecnología para poder dar respuesta a las exigencias de los educadores.

 

Por otro lado, las autoridades educativas de los distintos niveles y centros educativos se vieron sacudidos por la imperiosa necesidad de gestionar desde la virtualidad.

 

El gobierno olvidó la situación digital de Venezuela. Al respecto, José Luis Rodríguez Zarco, presidente de Movistar Venezuela, en una carta fechada el  20 de marzo del presente año, pidió a los clientes que usen la red de manera responsable. “Nuestro servicio es indispensable para sectores críticos como cuidado de la salud, alimentación”.

 

“Venezuela ya tiene la velocidad de Internet más lenta en América Latina”, según el índice Global Speedtest. Los expertos dicen que años de baja inversión y negligencia, apagones recurrentes y estrictos controles de precios han dejado la infraestructura de Venezuela años detrás de la de otros países de la región. Aunada a esta situación, está el deterioro progresivo de los servicios públicos, en especial el de la energía eléctrica, y se observa que es parte de la cotidianidad que el venezolano pase varias horas sin electricidad.

 

La gravedad de la situación es proporcional al nivel educativo, siendo el sector menos complicado para desarrollar sus actividades académicas los primeros niveles de la educación básica, pero todo lo contrario resulta con la educación básica avanzada, media y diversificada, y más grave aún con la universitaria; con el agravante de que ningún alumno, a excepción de los cursantes de la educación superior, puede reprobar en ningún grado o asignatura.  De esta manera el Estado dio vacaciones a la tan comentada calidad educativa, que ya estaba  arrinconada.  El Estado asumió como política la decadencia sostenida de la educación y con ello las ciencias, las artes, las humanidades y la tecnología.

 

Sin ánimo de sacar el diablo a pasear, cuando hablamos de la educación en estos tiempos de cuarentena, el panorama se torna brutalmente sombrío. Si pensamos en  los resultados que se obtendrán del plan “Cada familia una escuela”, es una gran estafa a los padres, a los estudiantes y docentes. A los padres que están haciendo grandes esfuerzos en pretender enseñar a sus hijos, muchos sin los saberes como herramientas conceptuales, sin las estrategias didácticas pertinentes, ni la paciencia que implica el arte de enseñar, ni la experticia para construir un espacio de un verdadero encuentro pedagógico nutritivo. Muchos de ellos no se encuentran en caminos fáciles, asumiendo el trabajo escolar de sus hijos.

 

A los estudiantes por  cuanto el complejo proceso de enseñanza-aprendizaje se redujo a seguir instrucciones para desarrollar tareas, obviando estudios cognitivos verdaderamente significativos en ese aprender, como la reflexión, el intercambio con el otro, la internalización y, en palabras de Piaget, la asimilación y la acomodación.  Pero aunado a esto, está el hecho que un aprendizaje disminuido a su mínima expresión no le da equipaje cognoscente a los estudiantes para asumir niveles más exigentes; vale decir, tendrán muchas limitaciones para encarar con éxito cursos o contenidos programáticos más avanzados, incluso si esto ya es una práctica cotidiana en nuestro sistema educativo, las aspiraciones de los estudiantes por cursar carreras exigentes serán frustradas.

 

A los docentes con limitaciones para adquirir sus herramientas habituales de trabajo como textos, bolígrafos, marcadores, borradores, para desplazarse hasta su lugar de trabajo por los bajos salarios percibidos. Y ahora surge como necesidad tener un teléfono inteligente de mediana gama (al menos), tener computadoras, internet, tener conectividad y energía eléctrica estable, pero además manejar con habilidad diversas plataformas que le permitan crear un aula virtual para establecer comunicación permanente con los estudiantes, padres y representantes, y  con escaso apoyo tecnológico por parte de los centros educativos donde laboran.

 

Estos requerimientos tecnológicos van a develar una desigualdad socioeconómica y una priorización de necesidades por satisfacer; prevaleciendo, tal como lo planteaba Abraham Maslow, las alimenticias. “No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarlas a la clase media y que pretendan ser escuálidos”, fueron las palabras del ex ministro de Educación, Héctor Rodríguez,  en cadena nacional del 25 de febrero de 2014.  Considero que se impone una nueva manera de asumir la educación, pero esta debe ser desde la ética, desde mi compromiso como docente, desde el amor que puedo sentir por enseñar al otro, desde mi postura como educador y no desde un Estado no interesado en educar.

 

Debe ser obvio que una vez pase esta cuarentena y los estudiantes y docentes,  al regresar a las aulas de clase, los gremios magisteriales  conjuntamente con sus agremiados, estemos conscientes de esta situación y asumamos un verdadero retomar de las actividades escolares, no dando como aceptado el mal producto que generará el plan “Cada familia una escuela”. Debe darse un diagnóstico académico profundo de lo que se tiene,  afín de hacer una nivelación de las competencias que deben poseer los alumnos y no asumir el siguiente grado, curso o asignatura  mientras esta no se tengan.

 

Frente a esta triste y lamentable situación,  tanto el Ministro Popular para la  Educación, Aristóbulo Istúriz,  como el Ministro para el Poder Popular para la Educación Universitaria, César Gabriel Trómpiz,  han decidido hacerle caso a la Organización Mundial de la Salud, lavándose las manos.

 

 

*Henry Patiño es Profesor jubilado del Pedagógico de Maturín y actualmente profesor de la Universidad Católica Andrés Bello, núcleo Guayana. Con una Maestría en Administración de la Educación Superior y Doctorado en Ciencias de la Educación. 

 

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